Mr. Barker | Agencia Creativa

Puro amor en Salt Lake City

Los Utah Jazz se han convertido en el equipo del pueblo frente a la aristocracia de la liga. Desde una teórica inferioridad, cerraron la liga con una escalada histórica, vencieron a los aspirantes Oklahoma City Thunder y actualmente le están compitiendo de tú a tú a los hiperfavoritos Houston Rockets.

 

No es casualidad. Los Jazz se han convertido en un clásico de los Playoffs en la conferencia Oeste desde la época de John Stockton y Karl ‘The Mailman’ Malone, que lideraron al equipo hasta la corte del rey Jordan, claudicando en las Finales de 1998, que se traducirían en el sexto anillo y en el mismo número de MVP de las finales para Michael. Jerry Sloan, uno de los entrenadores más emblemáticos de las últimas décadas de NBA, continuaría poniendo a la ciudad mormona en el mapa. Carlos Boozer, Andréi Kirilenko y Deron Williams liderarían este nuevo proyecto que tuvo como cota más alta, a nivel resultadista, una Final de Conferencia en 2007, donde cayeron derrotados 4-1 por los inmortales Spurs.

 

Todas estas victorias y derrotas en la postemporada crearon una mutación en el ADN de los Jazz. Año tras año, y sin importar la plantilla ni el entrenador, los de Utah eran un duro hueso de roer para sus rivales. Gordon Hayward, un joven con más pinta de surfero californiano que de jugador de baloncesto, revolucionó de nuevo la franquicia con su largo flequillo pelirrojo, liderándola en los últimos años casi siempre en una posición de inferioridad frente a sus rivales. Sin embargo, a pesar de estas proezas, es difícil encontrar aficionados de los Jazz fuera de Salt Lake City. Es un equipo que nunca ha enamorado ni transmitido pasión al seguidor regular. “Me caen mejor los otros” debería ser el emblema de este extraño conjunto. Y así llegamos al pasado verano, donde el empirismo y la mística competitiva del equipo volvió a aparecer en el momento más inesperado.

 

Los Utah Jazz nunca han tenido ese papel de equipo querido en la historia reciente.

 

Hayward se trasladó al Garden de Boston como agente libre en un movimiento de sobra esperado. Ricky Rubio llegó a la franquicia con el cartel de jugador que, a sus 27 años, difícilmente acabaría de adaptarse definitivamente a la liga. Rudy Gobert, uno de los mejores defensores zonales de la NBA, permaneció como cancerbero y Joe Ingles, cumplidor en Europa en el Barça y el CB Granada, decidió continuar con su difícilmente explicable mimetización con la NBA. Dante Exum y Alec Burks, jugadores de renombre en sus etapas universitarias, continuaban sin explotar y Derrick Favors seguía definiéndose como ese “puedo pero no quiero” de cuatro dominante en la liga. Boris Diaw, todo un jugador de culto en la NBA se marchó para su Francia natal. Por último, la dirección de los Utah Jazz, en un movimiento en la noche del Draft envió a los Denver Nuggets su elección número 24 y a Trey Lyles por un escolta que había promediado 11 puntos por partido en sus dos años en la Universidad de Louisville: Donovan Mitchell.

 

Seguramente, en el momento en que Utah parecía predestinada a la inevitable travesía por el desierto que toda franquicia ha pasado en algún momento de su historia, las derrotas y el tanking nunca aparecieron en la mente de los Jazz como una posibilidad. Pese a una primera parte de la temporada en la que el equipo no arrancaba en el plano colectivo ni individual, el coach Quin Snyder, aupado por la confianza de la plantilla, la dirección y la afición, iba construyendo de una manera inteligente y poco esperada un auténtico equipo de baloncesto. Una prueba de esto es que los jugadores, cuando son rodeados de un contexto de seguridad, comienzan a hacer cosas con las que antes ni podían soñar. Por ejemplo, el tiro de Ricky Rubio había sido su gran lápida durante su carrera tanto europea con americana. Y de la noche a la mañana, comenzó a deleitarnos con auténticas exhibiciones de lanzamiento de larga distancia. Burks, Favors e Ingles, nombres propios de estos Jazz, iban poco a poco mostrando sus virtudes y hundiendo sus inseguridades en lo más profundo del Salt Lake. Tras el parón del All-Star, el juego de los de Utah sufrió una explosión colectiva sin precedentes. Algunas jugadas grabadas a fuego en la retina de los aficionados mostraban a los chicos de Snyder como una imitación muy real de los Spurs de Popovich. Donovan Mitchell, en su primer año en la NBA, merece un párrafo aparte.

 

La idea de Snyder durante la temporada ha recaído en favorecer al equipo antes que a las individualidades

 

‘The Spider’, como se le conoce, es un jugador sin precedentes. Solo él, desde la anotación como único medio para dominar los partidos, podría discutirle el trofeo de Rookie del Año a una anomalía como Ben Simmons, de los Sixers. Pero es que el joven de Connecticut no necesita más armas para ser el mejor. Nunca verás dos movimientos iguales en Mitchell para alcanzar su objetivo: la canasta. Es una obsesión totalmente alcanzable para él. No hubo ‘Rookie Wall’. Su baloncesto fue in crescendo a medida que su equipo formaba un entorno adecuado para sus virtudes. Hasta llegar a los Playoffs, donde derribaron al mastodóntico proyecto de Oklahoma en 6 partidos. Ahora, en plena faena contra el mejor equipo de la temporada regular, los Houston Rockets, ya han conseguido robar el factor cancha a los tejanos, empatando la serie (1-1). Donovan, a cada partido y desafío que se le presenta en la etapa más difícil de la temporada, sigue batiendo récords de anotación e igualando a leyendas de la liga. Durante la temporada regular promedió 20.5 puntos, 3.7 rebotes y 3.7 asistencias. En sus 8 partidos de PO ya está en los 27.4 puntos y 6.6 rebotes, elevando sus porcentajes en tiros de campo (45%) y en tiros libres (92.6%).

Mitchell, ese ese factor X que estabiliza el proyecto en los momentos de poca inspiración colectiva

 

La franquicia Utah Jazz ya es querida. Es esa historia de fantasía que aparece de vez en cuando en las competiciones deportivas de alto nivel. Esos con los que nadie cuenta, escondidos en sus refugios, pero que alzan el puño y se enfrentan al orden preestablecido para romper las reglas. Su temporada ya es un éxito rotundo y no diremos eso de que no tienen nada que perder o eso otro de la ilusión contra la obligación de los Rockets. Palabras sin significado. Los Jazz de Mitchell, Rubio, Ingles, Gobert y Snyder tienen mucho por lo que luchar y más ganas que ninguno de vencer. Hasta que llegue el final de su camino esta temporada, en el corazón de todos los aficionados hay un recoveco reservado a este equipo, que sigue acelerándose cada mañana al levantarse y ver que los Utah Jazz lo han vuelto a hacer.

Publicado en

Pablo Lodeiro

El baloncesto me abrió sus puertas sin pedirme nada a cambio y le dí todo mi entusiasmo y energía. Con el paso de los años y tras muchas noches en vela, utilizo mi mente y mis dedos para escribir sobre él, sin amagos ni dudas. Este deporte se merece que lo transmitan tal y como es y estoy aquí para llevar a cabo esta misión casi divina. Desde Galicia, Madrid o cualquier parte del mundo, hablemos de basket, hablemos de NBA.

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