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La amenaza que representa el Estado Islámico, ISIS o DAESH está a la orden del día y la elección del término adecuado para calificar a la organización terrorista del momento ha sido objeto de debate en numerosas ocasiones y presenta una clara intencionalidad: legitimar o deslegitimar su actuación.

En primer lugar, para adentrarnos en el corazón de la organización es preciso saber que ‘Estado Islámico’ es como el baluarte del yihadismo contemporáneo se ha autodenominado con la finalidad de materializar sus aspiraciones.

Por esta razón, el uso de este término es un error, pues estaríamos reconociendo como ente estatal a una simple organización o movimiento terrorista armado y combatiente.

En esta misma línea, ISIS se ha asociado a Islamic State of Iraq and Syria, el equivalente a Estado Islámico de Iraq y Levante hasta finales de 2014, momento en el que el intento frustrado de califato alcanzó su máximo esplendor.

ISIS es un término con el que numerosos medios de comunicación generalistas han pretendido deslegitimar a la organización, restando importancia a sus pretensiones territoriales y limitando su radio de acción a la región de Oriente Medio.

Nuevamente, el uso de este concepto también estaría legitimando las acciones terroristas de la organización al admitir que esta habría constituido un protoestado mediante la ampliación de sus fronteras territoriales más allá de Iraq y Siria, extendiendo sus tentáculos al Líbano, Jordania o Israel. Por lo tanto, esta denominación tampoco es la adecuada.

¿Por qué hemos de rechazar ambas denominaciones si aún siguen formando parte de la terminología utilizada por la opinión pública internacional?

La respuesta es sencilla: ni es Estado, ni es islámico.

Un movimiento terrorista como este no es un Estado debido a que no posee tres elementos básicos que recogen los postulados del Derecho Internacional Público: territorio, población y soberanía, pese a que los haya tratado de usurpar.

La explicación también es sencilla: el espacio geográfico o territorio que estaba en sus manos ha sido tomado al margen de la legalidad y, por ende, nunca va a ser objeto de reconocimiento en el sistema internacional, así como la población residente en el territorio inicialmente tomado por la organización ha tratado de sobrevivir bajo su yugo y en ningún momento ha residido soberanía alguna en la misma.

La organización también ha errado al apropiarse del calificativo ‘islámico’ con el fin de erigirse como valedora de la esencia del Islam primigenio.

Nada más lejos de la realidad. No debemos olvidar que los yihadistas y combatientes conforman un ínfimo porcentaje de la población musulmana mundial.

Todo ello nos lleva a afirmar con rotundidad que DAESH (Al-dawla al-islâmiyya fi al-‘Irâq wa al-shâm) es el acrónimo idóneo, puesto que se trata de un juego de palabras vinculado al fanatismo, la impureza y la suciedad.

En otras palabras, “algo que se debe pisotear”, razón por la cual provoca contrariedad e ira entre un número cada vez menor de adeptos que amenaza con acabar con cualquiera que lo emplee.

 

Publicado en

Noelia García

El orden internacional podría ser equiparado a la perfección del caos, adoro intentar reubicar sus piezas y, particularmente, descubrir quién maneja sus hilos.

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