Mr. Barker | Agencia Creativa

Feroz II

Vacié el saco con las piedrecitas blancas para quitarme peso y ser más ligero. Había dejado un rastro desde la entrada y podría salir fácilmente. Abrí mi navaja dentro del bolsillo pero no la saqué. La dejé preparada por si acaso. Todavía no iba a dejar que el miedo me venciera. Sólo era una intuición, no había pasado nada fuera de lo común. Miré al cielo y apenas las ramas de los árboles dejaban ver un trozo de las nubes grises de fuera. Se escuchaba cómo la lluvia emitía un sonido arrullador al chocar contra las ramas de los árboles. Ese sonido, a la vez que muy gratificante, era un gran problema para mí: camuflaba el resto de sonidos del lugar. “Si hay un depredador en el bosque, el silencio se apodera del lugar”, me dijo una vez un profesor. En ese momento, el sonido, o la ausencia del mismo, no se podía percibir por las gotas que no paraban de caer en las copas y, excepcionalmente, en el suelo.

Miré al Norte, al Sur, al Este y al Oeste. No había nada, sólo árboles hasta donde alcanzaba la vista y una profunda oscuridad que escondía el resto del laberinto. Me agaché, dejé mi mochila a un lado y recogí las primeras hierbas que vieron mis ojos. Luego empecé a caminar guiado por mis piedrecitas blancas. Por el camino, paraba de vez en cuando a recoger hierbajos de distintos tipos. Cuando finalmente los arrancaba del suelo, los agrupaba con una cuerda roja y los metía en mi bolsa blanca. Una vez que medio llené el saco, decidí que ya era hora de volver a casa. A pesar de que me hubiera tomado mi tiempo para coger cada hierba, la angustia y el miedo iban en aumento. Tenía la certeza o la seguridad de que algo o alguien estaba acechándome. Que se movía de lado a lado y que siempre iba un segundo más rápido que mis ojos. Dicen que nosotros, los humanos, tenemos la capacidad de saber que nos están mirando sin verlo. Aceleré el paso por mi camino, pero algo me hizo detenerme. Unos hierbajos azules crecían largos a unos pocos metros de mí. Me acerqué a ellos y los agarré con fuerza. Cuando los saqué, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Las espinas de los hierbajos habían atravesado mis guantes y mi piel. Me cagué en la puta un par de veces. Pero también los anudé y los metí en el saco blanco.

Ya no pararía más por el camino. Saqué un cigarrillo y me quité el guante rasgado. Tenía la palma de la mano llena de sangre, pero podía accionar un mechero fácilmente. Di una calada profunda y continué. De la mano, aparte de la sangre, me brotaban unas gotas de líquido azul por las heridas. ¿Podría ser veneno? Aceleré más el paso. No me quedaba otra que volver a casa y ponerme en un sitio seguro. Pero me detuve en seco. Mi camino de piedras blancas había terminado y no estaba fuera del bosque ni mucho menos. Las piedras formaban un dibujo en el suelo.

Era una espiral bastante grande. Intenté pensar algo, pero no había un protocolo de actuación claro. Respiré hondo. Un trueno más fuerte de lo normal vino rebotando hacia mí. El sonido era mucho más fuerte de lo que esperaba y me mareó bastante. Me toqué la frente empapada en sudor. Volví a respirar hondo. Lo que toqué antes debió ser veneno. No intenté buscar una salida, era evidente que no la iba a encontrar. Estaba claro que cuanto más me alejara del círculo, más tiempo pasaría hasta que me ocurriera algo malo. Sin querer pensar en ello, me acordé de la leyenda de la bruja y su ritual. Torturas y sacrificios en medio de un gran círculo. Sé que lo que había dibujado era una espiral, pero que el concepto cambiara no cambiaba mis sospechas. Estaba jodido, muy jodido.

Lo que veía se emborronaba; apenas podía distinguir a unos metros de distancia. Caminé despacio y tranquilo. Quería correr, pero lo que corre se come y a mí nadie me iba a comer. Una risa gastada y seca vino por mi espalda. Otro escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no paré de andar. Cuanto más lejos del círculo, mejor. La risa se acercaba cada vez más a mí. Agarré mi navaja y me tiré al suelo, apenas veía. Pero no me había desmayado, simplemente me tiré porque lo que tenía detrás se imaginaba o intuía que eso me iba a pasar. Notaba como el corazón me latía con fuerza, y como cada vena de mi cuerpo se agitaba y contraía a cada segundo. Pero debía aguantar.

Noté que unos dedos huesudos me agarraban el hombro y me daban la vuelta. Utilicé las pocas fuerzas que me quedaban para girarme y clavarle en la cara mi pequeña navaja. Los oídos los tenía bastante taponados y sólo escuché un grito atenuado y cómo un líquido bastante viscoso me caía en la cara. Ya no podía hacer mucho más. Hice acopio de mis últimas fuerzas para aullar al cielo. No sé por qué hice eso. Pero el cuerpo me pedía que lo hiciera. A unos kilómetros, se escucharon varios aullidos que no podían tapar los gritos de rabia de aquella decrépita que tenía delante.

 

Una espiral envuelve a una persona, unas piedras y una calavera

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

Deja un comentario





Pin It on Pinterest

Share This