Mr. Barker | Agencia Creativa

Feroz I

Iba por el camino de tierra, distraído. Todavía le daba vueltas a lo que me habían pedido mis padres: unas hierbas aromáticas que crecían en el bosque de la ladera este. Creo que era tomillo, pero no estaba muy seguro. Ellos sólo se limitaron a repetirme, enfadados y en tono muy alto, una serie de características bastante comunes entre los hierbajos y plantas. Verde, aromática y crece cerca de los árboles. ¿Qué cojones se pensaban? ¿Que sólo había una clase hierbajo en todo el bosque?

Mi plan, en un principio, era coger distintos tipos y esperar que uno de ellos fuera el indicado, y si no lo era les mandaría a tomar por culo. Ya era hora de que me fuera de casa; trabajaría en el local de Charlie como camarero hasta que encontrara un trabajo de lo mío.

A unos 4 kilómetros se veía la primera fila de la hilera de árboles. Mis botas marrones crujían la tierra del camino a cada paso. El viento de una tarde de otoño jugaba con mi pelo y me enfriaba la cabeza. El sol, escondido entre las nubes, empezaba su descenso hacia el otro lado de la montaña. Empecé a acelerar el paso; no era muy tarde, pero si me entretenía, volvería tarde a casa. Incluso podría pillarme la noche dentro de ese laberinto. Y eso era una idea con la que no me sentía cómodo. Como acto reflejo, toqué la linterna que guardaba en el interior de mi largo chaquetón verde oscuro. También encontré los guantes de ante que heredé de mi abuelo y me puse uno en la mano izquierda; la derecha la dejé libre para terminarme el cigarro.

Mientras caminaba hacia los primeros árboles, reflexioné sobre muchas cosas. El concepto o idea que me rondó durante más tiempo fue el de mi nombre. ¿Esas cinco letras me habían marcado la vida o, simplemente, eran una especie de bagaje ligero e irrelevante en cualquier aspecto? Sinceramente, a mí me gusta mi nombre; tiene fuerza. Pero no sé si llamarme así ha hecho que las personas, en general, me perciban de una forma distinta de la que lo harían con un nombre más común. Por ejemplo, si me llamara Pablo, Juan o Fernando, puede que las cosas hubieran cambiado.

Creo que, realmente, da igual. Mi nombre es ese y así seguirá. Mi hijo también se llamará así: Feroz. Feroz Lara para ser más concreto. Pero supongo que no debo preocuparme de momento por eso. Primero debería encontrar una esposa, y luego, que esté de acuerdo con el nombre. Intentaría acordar con ella un especie de pacto: yo pondría el nombre a los chicos y ella a las chicas. Me parece una buena solución a un problema que todavía no tengo.

Con mis dudas resueltas, me di cuenta de que ya estaba dentro del bosque. La lluvia bañaba el exterior de la llanura y los rayos iluminaban momentáneamente el valle. Dentro, apenas caía alguna gota entre los pinos. Hacía un momento, estaba fuera y no me había dado cuenta ni siquiera cuando había entrado. El cuerpo me llevaba a los sitios y la mente lo abandonaba por unos pensamientos extraños. Pero confiaba en mi cuerpo; me había llevado hasta ahí sin caídas ni rasguños.

Por mucho esfuerzo mental que hiciera, no podía recordar el trayecto desde el fin del valle hasta ahí dentro. Pero es igual. La lluvia debió empezar hace unos instantes porque apenas me había mojado. Los truenos del exterior entraban rebotando entre los troncos y me atravesaban hasta perderse en la profunda oscuridad del bosque. Todavía podía ver con facilidad, pero la tormenta había oscurecido más el sitio de lo que pensaba. Si en unas tres horas no salía de ahí, tendría que ver de noche con la linterna. Idea que cada vez que se repetía en mi mente me atemorizaba un poco más. No es que tuviera miedo, pero sí algo parecido. Todavía recordaba la historia de los tres chicos que aparecieron muertos en este sitio. El periódico decía que murieron a causa del frío y la desnutrición. Pero a ver quién es el listo que se cree lo que dicen los periódicos. La verdad es que los bosques son sitios muy socorridos para esconder todo tipo de actos censurables. Si tuviera que matar a alguien, lo enterraría aquí, si tuviera que esconder algo, lo haría aquí, y si tuviera que hacer algo sin que me vieran, seguramente lo haría aquí. Y no soy una persona excepcional, así que, seguramente, a miles de personas se les habría ocurrido lo mismo que a mí. ¿Qué habrían visto esos largos pinos? Mejor no saberlo ni preguntar. Ya me daban bastante miedo la oscuridad, los animales salvajes, los humanos, los monstruos nocturnos y un sinfín de cosas que mi imaginación podía sugestionar.

Cargaba con un saco de piedras blancas pequeñas que iba esparciendo según avanzaba. Conocía parte del bosque y creo que me oriento bastante bien. Pero podía perderme perfectamente. Si me adentraba en las profundidades, cosa que no tenía pensado hacer, estaría en un territorio totalmente nuevo para mí. Es posible que de pequeño, hace unos cinco o seis años, hubiera avanzado poco más de un kilómetro por dentro. Pero mi memoria apenas recordaba esas aventuras de forma sesgada.

La principal razón para que no hubiera investigado este lugar era bastante sencilla. El paisaje que ofrecía no variaba según avanzabas, lo que hacía que fuera bastante monótono. Además, a mis amigos les daba miedo pasar las tardes aquí por las historias que contaban los mayores. Por eso no pasaba mucho tiempo en este lugar; no tenía un compañero de armas y, aunque siempre me costaba admitirlo, me sentía muy desprotegido y vulnerable. La verdad es que había momentos en los que una sensación incómoda recorría mi cuerpo. Parecía que alguien me observaba, que me seguía a cada paso que daba y que se divertía escondiéndose y esperando para hacer lo que quería hacer. Era justo ese tipo de sensación la que había empezado a sentir hacía unos minutos.

Una persona mira un paisaje donde se ve un laberinto y unos árboles

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

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