Mr. Barker | Agencia Creativa

Delirios de nada II

Pasaron unas horas y ya no estábamos en la ciudad. Todo era campo y colinas de tierra mezclada con trigo que nos rodeaban. Íbamos por una carretera gastada, el sol estaba encima de nosotros.

El viento nos acariciaba con una brisa fría en medio de tanto calor. No encontraba mi casa, había desaparecido. Hacía un momento estaba tan cerca y entonces… no sabía dónde estábamos.

Los dos solos y perdidos, aunque perdidos no era la palabra. Cuando te pierdes significa que te has apartado del camino. Nosotros ni lo habíamos encontrado. Andaba unos metros por delante de ella mientras seguíamos discutiendo. Debí decirle algo que pensaba y le molestó más de lo habitual.

Ella se acercó a mí con pasos más rápidos y gritando:

¡Mírame! Soy el chico que no necesita a nadie pero que no puede estar sólo.

Me gire y le grité.

-¡No sabía que estaba hablando con la reina de la verdad! ¡Sólo eres una niña a la que no le gusta perder!

Ella seguía acercándose a mí y enfadada, pero sus ojos vibraban.

-¡No sé qué hago aquí contigo, debería haberme ido ya!

-¡Nadie te lo impide, vete! ¡Vete y olvídame!

La tenía a pocos centímetros de mí. Podía escuchar su respiración. Su rímel estaba mojado y sus ojos negros se clavaron en mí. Con las lágrimas se había formado un pequeño símbolo verde salvaje debajo de sus pestañas. Era como un tribal fino y ondulado que tenía fuerza y hacía que fuera más bonita de lo que ya era. Mi cabeza me decía que no lo hiciera, pero el cuerpo me lo pedía, me lo gritaba. Por eso, mientras ella se acercaba no podía moverme. Sus labios tenían alguna lágrima y estaban salados. Su lengua sabía a la Coca Cola que había estado tomando esa noche y a fresa. Ese era el sabor de su lengua. No quería besarla, pero no podía evitarlo.

Llegamos a un bosque oscuro y con unos árboles gigantes. Ella me cogió de la mano mientras andábamos por aquel lugar. Nuestro camino estaba formado por tierra levantada y dura. A cada paso, había que hacer fuerza con los pies para no desequilibrarse. A la izquierda, teníamos el bosque en una fila perfecta que parecía no tener fin, y el resto era sólo valle. A lo lejos había un chico sacando a un perro por un camino de tierra. Fuimos hacia él, pero cuando pude verle me frené en seco. A unos cincuenta metros ya sabía quien era él y donde estábamos.

No sé cómo podía haber sido tan estúpido para acabar con ella allí. Agaché la cabeza para mirar lo que había en el interior del bosque. Ahí estaban, los huesos, la casita destrozada y las sombras. El corazón me latía con fuerza. Reaccioné lo más rápido posible. La cogí del brazo y la llevé lo más lejos de aquella línea que separaba el bosque del valle. Quería separarla todo lo que pudiera.

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

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