Mr. Barker | Agencia Creativa

Delirios de nada I

Era de noche. Estábamos esperando a que la cola avanzara. Serían las cuatro o las cinco de la mañana; no tenía un reloj para saberlo. Ella estaba con dos amigas; creo que no las había visto nunca, y Jesús también estaba.

Los cinco esperábamos en la puerta del local. Cada uno con su tema. Yo me fumaba un cigarro apoyado en las rejas de un comercio pensando en cualquier cosa. Un relaciones nos vio y le dijo algo al portero. Nos dejaron pasar gratis y dejamos la cola atrás.   A pesar de la hora el sitio estaba lleno y la gente eufórica. Todos nos miraban según avanzábamos dentro de la oscuridad, o eso pensábamos. La verdad es que no hay mucha diferencia. Una luz blanca iluminaba con destellos aquel lugar y dejaba ver la cara de la gente por unos segundos. Luego todo se apagaba por un instante. La pista estaba llena y la música te envolvía, aislándote de cualquier cosa.

Sólo tenías que preocuparte de nada. Ella estaba radiante, bailaba en medio de la pista como sólo ella sabía. Cogía la música y la hacía su esclava con el vaivén de su cuerpo. Antes habíamos discutido y ahora bailaba con otro. No supe si era parte de su juego y quería picarme o simplemente bailar con aquel payaso rapado. Sólo supe que ya estaba cansado de eso. Intenté mirar como lo hacía, pero no pude.

Me fui a la barra, me pedí una copa y luego al baño. Me lavé la cara, miré mi reflejo en el espejo unos segundos y acabé con la copa de un trago. Pensaba en nada, sólo tenía muchas ideas que daban vueltas hacia ningún sitio. Me encendí un cigarro y decidí volver. Por el camino, uno de los porteros me dijo que no se podía fumar. Le dije que sí se podía, di una calada haciéndole una demostración y seguí andando por aquel túnel hasta llegar a la pista.

Ella estaba fuera de la zona de baile. Cuando vio que estaba cerca, dejó de buscar con la mirada por la sala y sólo se concentró en ignorarme. Estaba triste por algo, y supongo que sería por algo que había o no había hecho, o dicho o dejado de decir. Siempre era igual. El caso es que los dos nos quedamos ahí quietos entre tanta gente, esperando a que algo lo arreglara. Entonces, una alarma cortó la música del local. Era hora de cerrar.

Salimos, era una pérdida de tiempo estar ahí esperando para irnos. Jesús se despidió de mí. Había ligado con una de las chicas y se iban a una casa. Yo me quedé con ella y con la amiga que se había quedado sola. Andábamos sin prisa. El día empezaba a asomarse en la noche. Nuestros pasos sonaban en los adoquines retumbando por toda la calle. Algunos pájaros empezaban a cantar.

Bajamos una de las muchas calles principales de Madrid. Cada cinco minutos pasaba algún coche, pero en general todo estaba muy tranquilo. Al fondo de la calle debería haber un edificio público, no sé cual, uno grande y majestuoso.

Pero en su lugar, había un descampado interminable como el mar y con una valla destrozada que intentaba, en esencia, prohibir el paso. Una valla de mierda, de esas que no impiden nada. Veíamos ese descampado a lo lejos, no sé qué hacía allí en medio de la gran ciudad. Pero estaba, que supongo que eso era lo que debía importar.

Fuimos, paso tras paso. Aquel desierto lleno de arena y malas hierbas se acercaba hacia nosotros.

Un chico subía la cuesta que nosotros bajábamos. Al ver a las dos chicas, intentó seducirlas. Primero con una pregunta inocente, luego con un cumplido, con una sonrisa, y con una historia que ni el más crédulo se hubiera creído. Por sus sorbidos de nariz, su delgadez, su mirada desconfiada alrededor, su fingida soberbia, su falso interés y su diarrea al hablar, sabía que en unos segundos propondría algo a las chicas. No tardó. Lo dejó caer como si no quisiera, pero quería. Le dije que nos íbamos. Él me ignoró y siguió hablando. Vi que las dos le seguían el juego.

Me puse en marcha solo y les dije que se lo pasaran bien con aquel yonki. Me encendí un cigarro y me puse a andar. A los 20 pasos escuché sus tacones por la acera; golpeaban el suelo con prisa. Estaba horrorizada, me dijo que aquel tipo se había llevado a su amiga, que por favor le parara. No dije nada y seguí andando.

No era ningún ángel de la guardia ni pretendía serlo. Me cansé de andar por la acera y subí la cuesta que llevaba al descampado. Ella, irritada, andaba detrás gritándome cualquier cosa que se le pasaba por la cabeza; desde hijo de puta hasta cobarde. Tenía un gran repertorio y no podía evitar demostrármelo. Realmente, yo sabía que no estaba enfadada conmigo. La culpa era de su amiga, o de ella. Lo que pasa es que no tenía nadie más a quien gritar. Obviamente no le dije lo que pensaba porque me dolía mucho la cabeza y no quería empeorarlo más. Aquel solar se perdía en el fondo, pero a los lados seguían los edificios de aquella ciudad.

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

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