Mr. Barker | Agencia Creativa

Clase práctica III

Subí las escaleras del hall por tercera o cuarta vez en lo que iba de día. La universidad estaba prácticamente cerrada. Sólo quedaba encendida, en la última planta, la biblioteca, que había empezado con su horario nocturno. Estaba decidido a saber qué es lo que estaba pasando o a perderme más en ese asunto que todavía desconocía pero que me tenía atrapado. Fui a nuestra aula principal, en la que tenía prácticamente la mayoría de las clases, pero antes tuve que ir al baño. Llevaba tiritando desde que había entrado en el taxi. El frío había encontrado un lugar en mi pecho y me estaba devorando. No entendía la razón por la que me estaba tomando tantas molestias por algo que otro hubiera ignorado. Podría haber vuelto para cenar con Clara y luego habríamos visto una película. Clara era mi compañera de piso. Empecé a vivir con ella hace una semana. Nos llevamos bien y nos ponemos lo suficientemente nerviosos cuando nos miramos. Habremos cenado juntos unos tres días, el resto he estado perdido por la ciudad. Todavía me acuerdo de la última noche, cuando estuvimos tomando vino. Estaba hipnotizado.

Entré en uno de los baños de la segunda planta. Me desabroché los pantalones, me quité la camiseta, las botas, los calcetines y los calzoncillos. Luego volví a ponerme los pantalones y el abrigo. Escurrí la ropa en el lavabo, cogí el cubo de basura, saqué la bolsa y lo observé. No estaba sucio. Así que metí toda la ropa que me había quitado en el cubo y lo puse debajo del secador un tiempo. Luego, las botas. Todo se secó enseguida. Creo que la sensación de ponerte ropa caliente cuando el cuerpo está frío es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida. Ese calor que te recorre de arriba a abajo, que te hace sentir seguro, tranquilo, relajado. Como si estuvieras en casa. Merecía la pena a pesar del tacto acartonado que se había quedado en la ropa seca. Después de eso, abrí el grifo del lavabo y eché un buen trago de agua fría. Estuve un buen rato ahí inclinado dando pequeños tragos mientras los segundos pasaban despacio y sin prisa. Podría estar bebiendo esa agua todo el día. Siempre he creído que Dios es el agua. No tiene conciencia, mata o da la vida, es perfecta y todo depende de ella. Y ahí estaba, saliendo de un grifo cualquiera. Supongo que esa era la magia de mi dios particular. Que cada uno crea lo que quiera.

Salí del baño mirando al pasillo. El fondo no se podía ver porque lo envolvía la oscuridad. La universidad sin gente y con poca luz me hacía pensar en el miedo. Pasillos vacíos, mis pisadas retumbaban en el eco y había un gran espacio en el que apenas se veía nada. Un golpe seco aumentó la tensión que estaba acumulando. Por el sonido parecía que los plomos acababan de saltar o que la corriente se había cortado. Inmediatamente, las luces de emergencia se encendieron por todo el pasillo. No iluminaban nada, sólo eran luces amarillas de tubo que recorrían los pasillos. Entre una luz y otra habría unos 10 metros de oscuridad. Pero la falta de visión no me iba a echar atrás. Ya había perdido la mañana, no iba a perder la noche. Subí las escaleras hacia la clase decidido. Cuando llegué a la puerta, giré el picaporte suavemente hacer el menor ruido posible. Pero estaba cerrada. Volteé la cabeza a la derecha y ahí estaba.

La sombra del profesor Cabañas observándome en el pasillo. Sólo podía distinguir su silueta y el cuchillo que empuñaba en la mano. Un escalofrío enorme me recorrió el cuerpo, me paralizó, y únicamente notaba como el corazón me latía sin ritmo. El profesor vino hacia mí decidido, con paso firme. Me empecé a desorientar. El cuerpo me pesaba y empezaba a ver cómo todo se difuminaba poco a poco. Los pasos del profesor se escuchaban lentamente y el cuerpo me pesaba lo suficiente para no dejarme moverme. Pensé en correr en dirección opuesta, pero al final del pasillo sólo había pared y oscuridad. No quería morir de un infarto, así que aguardé su llegada intentando levantar mis párpados sin éxito. Cuando avanzó, las luces lo dejaron atrás y se convirtió en una sombra que avanzaba sin ser vista. Cerré los ojos para concentrarme en sus pisadas. No me quedaba otra que ir a por él. Lancé un puñetazo al aire y di con algo.

Desperté de la cama con un sudor frío que me recorría el cuerpo. Sólo había sido una pesadilla. Encendí la luz de mi mesilla de noche. Pero me quedé congelado en el mismo momento en el que pude ver con claridad. El profesor Cabañas estaba tirado en el suelo, inconsciente, a los pies de mi cama. Se movía un poco, así que le pisé la cabeza para que volviera a sus sueños. Cogí un par de sábanas y, junto con un cinturón, lo até a la silla de mi escritorio. Le quedarían un par de horas para despertar. Fui a buscar un cenicero a la cocina. Lo dejé al lado del escritorio y me senté en la cama con las piernas cruzadas mientras me fumaba un cigarrillo. Contemplé al profesor atado e inconsciente en la silla de mi pequeña habitación. La lamparita de la mesilla de noche iluminaba vagamente el humo que salía de mi cigarro. Pensé en lo que teníamos que hablar. Supuse que primero dejaría que hablase y luego le preguntaría. Me levanté otra vez y fui a buscar un cuchillo a la cocina. No podía fiarme de él. Había entrado en mi cabeza y en mi casa. Poco a poco se me ocurrían más cosas. Seguramente debería haberlo matado. No podía dejar que alguien hiciese ese tipo de cosas. Si lo lanzaba por el balcón, tendría pocos problemas. Le diría a la policía que entró a robar y que lo pillé cuando intentaba escapar por la ventana.

Parecía que el profesor dormía profundamente. ¿Estaría soñando? Si hubiese despertado, creería que estaría en una pesadilla. Cómo cambiaba todo. Empecé a pensar que me estaba volviendo loco. Debía haberlo ignorado. Pero ya no podía olvidar. Pensé en ir a la habitación de Clara, despertarla suavemente y contarle lo que había pasado. Pero creo que sería injusto para ella. Antes de tomar una decisión, vi su ojo marrón claro mirando por un pequeño hueco que había entre la puerta y el marco. Entró despacio en mi habitación. Tenía el pelo suelto, un pijama compuesto por unos pantalones de deporte azules cortos por encima del muslo, una camiseta holgada sin sujetador e iba descalza. Se sentó a mi lado en la cama poniendo los pies encima y extendiendo la mano para que le diera el cigarro. Noté como su piel suave se apoyaba en mi hombro. Los dos miramos al profesor en silencio. Luego miré sus labios, que acababan de dar una calada suave, mientras me devolvía el cigarrillo. Ella reparó en el cuchillo que había a mi lado sin decir nada. Me besó el brazo, fue subiendo despacio hasta mi boca y me susurró al oído:

Voy a hacer café.

Se fue de la habitación. Cuando cerró la puerta el profesor Cabañas levantó la mirada esbozando una sonrisa irónica. Parecía querer demostrarme que había descubierto mi punto débil. Yo también me reía. El tío aún se pensaba que por haberse metido en mis sueños y en mi casa tenía la sartén por el mango. Me encantó ver cómo su sonrisa se borraba cuando cogí el cuchillo y me acerqué a él.

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

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