Mr. Barker | Agencia Creativa

Clase práctica II

Desperté tarde. Había más silencio que de costumbre y un par de luces apagadas por el pasillo. Aun así quedaba gente, últimos rezagados, algún grupo de trabajo y personas que subían y bajaban por las escaleras a la biblioteca. Habrían pasado unas tres horas más o menos. Hubiera mirado mi móvil, pero estaba sin batería. Intenté mentalizarme del largo trayecto hacia casa mientras me incorporaba al mundo y estiraba los brazos. Uno de los muchos días que perdía sin saber por qué.

Un fuerte portazo se escuchó por todo el pasillo. Venía de mi clase. El profesor Cabañas salió rápido y nervioso hacia algún lado. Antes de que me viera, volví a tumbarme en el banco echándome el abrigo por encima y cerrando los ojos. Pasó de largo. Creo que no se dio cuenta de mi presencia. Una vez que dobló la esquina y bajó las escaleras, me puse en pie de un salto, me coloqué la ropa como una persona decente y fui tras él.

Había algo inquietante en todo esto. No sé si era por su forma de andar, su cara de preocupación o esa aura oscura o rara que flotaba por el ambiente. Algo había pasado, algo importante. Mis entrañas me lo decían y el instinto también. Cuando me encaminaba por las escaleras, vi que el profesor me había sacado una ventaja considerable. Parece que en cuanto vio la ocasión, empezó a correr como un loco. Le podía alcanzar de sobra, pero tenía que darme prisa. Hubo un pensamiento fugaz que pasó por mi cabeza como un rayo: ¿Y si el profesor huía de algo que había en clase? Un asesinato, una persona, un acertijo oscuro o cualquier cosa que hubiera entre esas cuatro paredes. Todo era posible. Tendría que volver más tarde. Posiblemente una parte del misterio, el asunto o el quid de la cuestión estaba ahí. Pero ya estaba corriendo desenfrenado tras el profesor.

Atravesé la entrada del campus en apenas tres minutos. Ya estaba en la ciudad, con su eterna lluvia, esas nubes grises que, incluso de noche, parece que no van a desaparecer y que aun así no puedes dejar de mirar. El profesor se encontraba a unos diez metros de mí, esperando a que el semáforo se pusiera en rojo para los coches. Poco a poco, las personas se amontonaban en el paso de cebra. Me abrí paso entre un montón de gabardinas, abrigos y paraguas hasta estar cerca del profesor Cabañas. El asfalto negro estaba mojado y se formaban charcos en cualquier sitio mientras las gotas rebotaban en ellos.

Pude observarle de cerca. Apretaba con fuerza la mandíbula y sus ojos iban de un lado a otro, nerviosos, esperando a que pudiéramos cruzar. Luego, sus pupilas repararon en mí. Me giré hacia otro lado suavemente para evitar toparme con ellos. Me miró la cara un instante y luego se dedicó a dar rienda suelta a sus pensamientos. Para él, yo sólo era un extraño, uno como otro cualquiera. Y así era. Yo sabía su nombre y a qué se dedicaba. Y creo que él me acababa de ver por primera vez.

El profesor llevaba dando clase desde principios de septiembre. En el momento de su primera lección, yo estaba viendo desde la ventanilla del autobús las afueras de la ciudad, después, dos de sus clases sucedieron mientras buscaba un piso y solucionaba el papeleo de la universidad, y en la última y cuarta clase, simplemente no pude llegar. Pero desde el inicio siempre he tenido curiosidad por saber qué pasa en el aula 3.0. Los primeros compañeros a los que he conocido no paran de hablar de ella. Que si siempre hay lío, gritos, amenazas, poemas o discursos encima de las mesas. Por mucho que les preguntara, no me quedaba nada claro. Siempre llegaban a la conclusión con una simple frase: “Tienes que estar ahí”. Por eso la curiosidad brotaba por mi cuerpo sin parar. No podía esperar a la siguiente semana y menos con unas circunstancias como estas.

Cuando vimos el semáforo en rojo y los coches frenaron bruscamente, una masa de peatones cruzó la calle hacia todos los lados. Las tres calles principales de la ciudad, cortadas en forma de triángulo. Era algo novedoso, sólo lo hacían en hora punta para solucionar todo el tráfico en el centro. Seguí al profesor Cabañas hasta el centro del triángulo. A medida que avanzábamos, veía como una manada de personas se nos acercaba por cualquier lugar y todas en direcciones distintas. Todavía no había aprendido a andar por ahí sin ser golpeado. Me choqué con un hombre de negocios que gritaba al móvil, luego con un chico que había salido a correr, después con una adolescente que estaba sacando a un perro cuya raza desconocía y, finalmente, con una mujer de tacones altos. Di tantas vueltas que me desorienté. Seguía en medio de esa geometría, pero la gente desaparecía y los coches calentaban motores para iniciar su marcha. Me vi en el centro de una gran explanada de asfalto rodeado por coches y con el objetivo perdido. Antes de que fuera demasiado tarde, eché a correr a la acera más cercana. El tráfico se había reanudado antes de lo previsto y cada zancada tenía que ser lo más larga posible. Cuando faltaban un par de pasos para estar a salvo, un gran autobús rojo apretó el claxon como si ese ruido chirriante fuera a solucionar la situación. Aquel gigante metálico pasó rozándome el abrigo y dejando un viento tan fuerte que me desequilibró por unos instantes. Además, levantó tanta agua que una pequeña ola me empapó de arriba a abajo. Respiré aliviado, estaba muy mojado, pero vivo. ¿No podía haber frenado el conductor? Debía haberme visto desde que empecé a correr. Bueno, es igual. ¿Dónde estaría el profesor?

Me pareció que su silueta subía a lo lejos la cuesta de la Calle Mayor. Inicié otra carrera frenética hacia allá. Las cosas no paraban quietas ni un segundo. El abrigo estaba empapado y se me había pegado al cuerpo. Además, con el agua, pesaba y era incómodo moverse con él. A medida que corría, notaba como el agua concentrada en los calcetines salía poco a poco enfriando mis pies y bailaba sin escaparse de mis botas.

Subí la calle, tomé la primera a la derecha, esquivé a un montón de personas que subían y bajaban, luego giré a la izquierda y seguí recto un buen rato hasta que el flato y los pulmones me sugirieron un descanso. Todas las direcciones que tomé fueron por puro instinto. No estaba seguro de encontrar al profesor, pero algo me lo decía aunque parecía equivocado. Seguí andando; llegaría a casa por otro camino. No debería de estar a más de media hora del piso.

Paso a paso, llegué a un pequeño parque rodeado de pisos. No había nadie en la calle y el silencio únicamente interrumpido por la lluvia y las pisadas de mis botas se iba apoderando de la zona. Busqué un cigarrillo en mi abrigo y todos estaban mojados salvo uno. No sé si a esto se le podría llamar suerte. Lo encendí y seguí mi camino. Miré al cielo tapado, a las farolas que mostraban las calles en un tono anaranjado, a los árboles sin hojas. Anduve por los adoquines dando pequeñas patadas al aire pensando en el frío que tenía. Giré el cuello para ver qué tenía a mi espalda. Alguien seguía los pasos que había dejado atrás. Me hubiera gustado pararme un rato más y ver bien su cara, pero no quería ser un maníaco y sólo era un pensamiento perverso que me rondaba la cabeza, nada más. Seguí caminando como si no pasara nada, era lógico que en una ciudad las personas fueran detrás o delante de ti, aunque no podía tranquilizarme. Aceleré el paso lo suficiente como para ir más rápido, pero sin que pareciera que tenía prisa. Cuando pude doblar la esquina, miré de forma descarada atrás. Volví a correr; necesitaba encontrar un taxi cuanto antes. Tenía que haberse escondido para aparecer detrás de mí como si nada. Por su forma de andar, parecía que me estaba persiguiendo, pero no quería averiguarlo. Un taxi venía a lo lejos por el final de la calle. Era una escapatoria. Cuando me puse lo suficientemente lejos del profesor Cabañas, esperé en la acera para avisar al conductor, pero antes de que todos mis planes se cumplieran, la figura del profesor apareció reclamándolo. Me desconcertaban todas las formas de proceder de ese doctor en filosofía: primero desaparece, luego me persigue y, antes de que me dé caza, lo vuelvo a perder. Era todo demasiado perverso para entenderlo. Vi, ensimismado y con la mirada perdida, cómo el profesor Cabañas desaparecía en un elegante coche amarillo y sin ni siquiera mirarme por la ventanilla. Pero esto no era el fin. Nadie me deja con cara de estúpido sin que yo haya hecho todo lo que está en mi mano. Esperé un rato más en la acera. La impaciencia me inundaba la mandíbula mientras buscaba otro cigarrillo en el abrigo. Se me olvidó que todos estaban mojados. Bueno, daba igual, venía otro taxi. Levanté la mano para que parase y eso hizo. Entré en el coche.

-Buenas noches- dije.

-Buenas noches- contestó el taxista sin mirar por el retrovisor.

-A la universidad.

-¿La que está aquí al lado?

-Sí.

-Pues allá vamos- dijo mientras aceleraba y salíamos de esa calle tan rara.

Publicado en

Blue RS

Me dedico al mundo de la producción audiovisual, aunque he trabajado también en fotografía, la edición de vídeo y he sido director de arte en agencia. Me gusta el cine, leer, boxear y salir de noche. Tengo un humor bastante negro que no suele molestar a la gente o eso creo.

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