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‘Tres anuncios en las afueras’: gótico sureño y el retorno de los oprimidos

Llevaba un tiempo intrigada por la película ‘Tres anuncios en las afueras’, alentada por los rumores de los Oscar, la publicidad que se le dio, el aclamado discurso de aceptación del muy merecido premio a Frances McDormand y un intrigante artículo de la escritora Elvira Lindo en ‘El País’ en el que mostraba poca piedad por el film.

 

Su punto de vista se puede resumir con este párrafo:

«Pero es que el argumento parece una excusa del director para confirmar sus prejuicios. Desembarcó el artista con sus potentes caravanas cinematográficas en un pueblo del medio oeste americano, echó un vistacillo y armado de desconocimiento y falta de empatía retrató a la población rural como racista, ignorante y homófoba. El público se ríe. Se ríe porque cree que la mirada del director es progresista. Al fin y al cabo, ¿no está hablando de todos esos catetos que votaron a favor de Trump y en contra de las mujeres, los negros, los gays o el medio ambiente? Se ríe también porque son americanos, y ya se sabe que los americanos fuera de Nueva York o Los Ángeles son seres primarios que no disciernen y que a la mínima te apuntan con un rifle».

 

Habiendo leído la columna, y con la predisposición que me ofrecieron sus palabras, me dispuse a ver la película, mal por mi parte, con prejuicios, pues es un error juzgar una obra de arte con opiniones preconcebidas, sin una mirada inocente y pura, estando intoxicada de las idea de los demás, lo cual no se puede evitar si ya lo has leído, pues nuestras opiniones y nuestra estructura ideológica y mental se componen de todo ese discurso que oímos, leemos y nos envuelve desde el exterior.

Desde un punto de vista posestructuralista, mis palabras no son mías, sino que son combinaciones de letras formadas por toda la cultura y el discurso del que he estado rodeada, que he oído y he leído. Mis palabras son las palabras de todo el discurso y la historia anterior; todas las palabras que han venido antes.

Y, en cambio, eso es lo que me salvó: lo que fue escrito años antes. No pude evitar notar que, en los primeros minutos del film, Wesley, el joven publicista de la película, está leyendo ‘A Good Man is Hard to Find’ de Flannery O’Connor: una referencia diminuta, que dura solo unos segundos y es casi imposible de percibir, con la que el director se protege de críticas como la plasmada anteriormente por mi admirada Elvira Lindo.

La elección del libro no es casualidad. Flannery O’Connor (y esta historia corta especialmente) caracteriza el subgénero literario llamado Gótico Sureño, característico del, presente en la película, sur de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX. El género toma prestado el concepto de lo gótico, más asociado a los paisajes sublimes de Inglaterra y Alemania, a abadías abandonadas y monstruos o vampiros que se esconden en castillos inmensos, para trasladarlo al árido paisaje agrario de estados como Georgia, Mississippi o Alabama. El género se caracteriza por lo grotesco, lo siniestro, es decir, lo reprimido y el tabú que vuelve a nuestras vidas cuando ya no queremos saber de él. Autores más conocidos como William Faulkner o Harper Lee tratan temas como el racismo, la violencia o la discriminación que vuelven a nuestras vidas. Conceptos como estos son características intrínsecas del sur de los Estados Unidos, véase como ejemplo la defensa de la esclavitud que llevó a una guerra civil, y vuelven en estas obras para aterrorizar a los protagonistas. Lo reprimido que vuelve a nuestras vidas, como si de un encantamiento se tratase. La idea de estos miedos que vuelven de manera externa, pues, de acuerdo con Freud, nuestra psique se ha encargado de reprimirlos, toman su punto de partida en la Europa colonial. Obras como ‘Drácula’ o ‘El Escarabajo’ aparecen en el cambio de siglo y expresan, tras un violento período de hegemonía británica, el miedo del colonizado que vuelve y se venga del colonizador. La misma hegemonía que esclavizó a toda una raza y que caracterizó el sur de los Estados Unidos.

Si bien la conexión entre ambos góticos ha quedado clara, ¿cuál es el sentido de la presencia en la película de Martin McDonagh, que bien se podría catalogar como gótico sureño sin duda alguna? ¿Tiene sentido el gótico sureño en 2017? Por supuesto que sí.

Lo grotesco se caracteriza por la parodia, y tengo que asumir que no podía parar de reírme mientras leía ‘A Good Man is Hard to Find’. Siendo este el caso, se ha criticado que ‘Tres anuncios en las afueras’ parodia temas muy serios, como son la violación y la violencia. Lo esperpéntico y exagerado de sus personajes, el tono cómico de algunas escenas y la falta de credibilidad que resulta de estas hipérboles visuales pueden confundir a más de un espectador. Sin embargo, pienso que era necesaria esta reproducción del género, y que ahora es más necesaria que nunca. Si revisamos los hechos, 2017 y los años que lo rodean se caracterizan por el retroceso ideológico, el racismo, la homofobia, el auge de la derecha, el miedo al cambio, el miedo a perder los privilegios, y mucho más. En resumen, la era Trump. El Brexit. Gobiernos de derechas en los países con más influencia de occidente. El reciente bombardeo a Siria. La reproducción de algo que pasó hace algunos años con la guerra de Irak y de lo que no aprendemos, que se nos olvida rápidamente. Todo vuelve, todo es retorno, como el gótico. Si consideramos que Mildred Hayes es esperpéntica, observemos de cerca al presidente de los Estados Unidos, uno de los hombres más influentes del planeta, elegido democráticamente, con la diferencia que Trump es real y Hayes, un personaje ficticio. En mi más sincera opinión, vivimos en la época más gótica que se puede imaginar.

Respecto al último punto que recalca Elvira Lindo, la nacionalidad del director, que plasma los hechos desde un punto de vista de superioridad europea, pienso que se defiende detrás de Flannery O’Connor. Si consideramos que esto es una pequeña muestra de apropiación cultural, de snobismo europeo, recordemos que estos autores del gótico sureño eran sureños ellos mismos, y católicos muchos de ellos. Introduciendo esa toma en la que se puede leer perfectamente el título de la historia corta, McDonagh hace un pequeño homenaje a estos valientes autores que nos recuerdan que, aunque parezca que sí, estas actitudes que nos han caracterizado nunca se van del todo, siempre vuelven, en unas épocas más que otras, y deberíamos comenzar a plantearnos qué es lo que ha pasado en esta grotesca década.

Mónica Fernández

Friki literaria residente en el país de las bicis (de las cuales me caigo). Me gustan más los gatos que las personas; de hecho, pienso que el mundo humano no tiene mucho remedio pero lo intento arreglar con lo que escribo, que rezuma mala **. Futura doctora, en literatura poscolonial, eso sí.

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