Mr. Barker | Agencia Creativa

Dos son multitud

 

El otro día asistí a la presentación del nuevo libro de Nacho Carretero “Nos parece mejor”. En él, mi paisano coruño habla a través de anécdotas de la infancia, adolescencia y madurez sobre el conjunto de nuestra ciudad, el Real Club Deportivo de A Coruña. Todos tenemos una historia que contar sobre el equipo de nuestra tierra natal, nos guste o no el fútbol.  

 

“No se puede ser de dos equipos”. Eso me dijo uno de mis mejores amigos cuando teníamos 18 años y nos dirigíamos a Riazor para ver un partido del Deportivo. Se me rompió el corazón. Recuerdo que era un día nublado, unas semanas antes de la llegada del invierno con el ya tradicional viento de la Calle Rubine que aportaba un gran dramatismo a la escena. Ese mismo año nos separaríamos. Él a trabajar de camarero a Edimburgo y yo a estudiar periodismo a Madrid. Este sería un tema tabú entre nosotros durante mucho tiempo.

 

Era y es difícil describir lo que siento por el equipo de mi ciudad. Nunca me interesaron en exceso los deportes. Durante mi infancia practiqué un incontable número de ellos, desde hockey sobre patines hasta el baloncesto (del que más tarde me enamoraría) incitado por mis padres más que por voluntad propia. Ya no hablemos de verlos. Del Mundial de Corea solo recuerdo la indignación de mi padre por el ya legendario desastre arbitral. De vez en cuando caía en las redes de mis familiares para ver algún partido del Eurobasket o Mundial, pero sin prestar demasiada atención. Y las Olimpiadas porque eran cada cuatro años y en verano. Con un cucurucho de helado en la mano y descansando tras una larga jornada de pesca con el trueiro, ver a unos hombres correr los cien metros lisos en menos de diez segundos era la última de mis preocupaciones. Ni siquiera vi en directo el Iniestazo de Stanford Bridge. Qué Dios me perdone.

 

Todo eso cambió con el 2-6. Recuerdo que estaba solo en casa de mi madre. No se por qué me dio por ponerme la zamarra del Barcelona que me había regalado años atrás mi padre y sentarme enfrente del televisor, pero así fue. Mis tías, una totalmente desinteresada por el fútbol y la otra una férrea deportivista de toda la vida, se habían acercado a traerme un trozo de empanada para merendar. Allí nos sentamos durante hora y media, fascinados por el meneo que le metieron los de Guardiola al eterno rival. De Messi solo sabía que era argentino y muy bueno. Se quedaron cortos. Hasta la fecha, cuando me preguntaban en el colegio decía que era del Barsa, pero en mi fuero interno sabía que esa concatenación de sílabas y letras estaban vacías de todo significado. Desde ese día en adelante solo sentiría orgullo al pronunciar esas palabras.

 

Así, de repente, comencé a tragarme todo el fútbol que me mi ligera agenda personal y estudiantil me permitía. Desde un Real Madrid-Sevilla hasta un Levante-Las Palmas. Mis amigos más cercanos, poco futboleros, mostraban una desencajada mirada cuando les incitaba a ver un partido en vez de jugar unas partidas a la play o a compartir una caña con “22 tíos detrás de una pelota” en nuestro bar habitual. Pasé de hablar de las genialidades de John Carpenter tras las cámaras a la maestría de Xavi e Iniesta con el esférico en los pies.

Desde luego, el Dépor pasó a tener un lugar de privilegio en mi mente y corazón. Era del Barsa a muerte pero el conjunto que habitaba en la costa de mi ciudad me transmitía una sensación indescriptible. Por una parte eran mis enemigos, ya que por lo menos 2 veces al año se enfrentaban al Barcelona en su disputa por La Liga. Pero por otra parte, un sentimiento de pertenencia me invadía las 35 jornadas restantes. Se que lo que cuento puede sonar a blasfemia para una gran mayoría, pero esto no lo escribo para los lectores. Esto es un ejercicio de autoliberación. Intento desahogarme tras años reprimiendo este tema.

 

Para mí todo gira alrededor de la lealtad. Cualquier relación en la vida debe tener un gran porcentaje de fidelidad y confianza ciega, si lo merece claro está. Por eso entro en un gran dilema cuando ocasionalmente me pongo la bufanda del Deportivo y camino hasta Riazor para animar al equipo de mi ciudad. Es como si estuviese engañando al Barsa, pero mi alma me lo pide. He celebrado, llorado, disfrutado y sufrido con el Deportivo. También con el Barcelona, pero de forma diferente. Me es imposible no ser, de alguna manera, parte de la parroquia deportivista. Recuerdo que no Noso Derbi de la temporada pasada, en el cual el Celta venció por 0-1 en un partido infumable, el día antes del partido acudí como de costumbre a uno de los reductos históricos del deportivismo, A Casiña. Tras unas cervezas de más confesé a los veteranos del lugar mi dilema de dualidad. Solo obtuve una respuesta unánime: “ponte la camiseta, carallo”. Así, tras muchas horas de debate interior, poco antes del partido me acerqué a uno de los tenderetes de las afueras del estadio de Riazor. “Deme una bufanda”, afirmé en voz baja y poco contundente. “La oficial, por favor”, concluí.

El Dépor, A Coruña y yo hemos caminado juntos durante los 18 años que viví en mi hogar de nacimiento. Recuerdo ir a la Plaza de Cuatro Caminos a hombros de mi padre celebrando con toda mi familia (ninguno de ellos futbolero, excepto mi abuelo) la primera Liga del Dépor en toda su Historia. También recuerdo las Semifinales de Champions contra el Oporto. Acudimos en masa a un bar debajo de la casa de mi primo, cerca de la estación de trenes. Hubo un apagón y una mano se alzó entre las tinieblas y el silencio con una radio encendida. “Penalti para el Oporto” narró el comentarista. Qué dolor, pese a que ni siquiera entendía la magnitud que suponía estar peleando por una plaza en la Final de la Liga de Campeones. Esta conexión “do sangue” entre una ciudad, un equipo de fútbol y un niño, adolescente y luego hombre es algo que  nunca podrá darme el Barsa, pese que lo amo de todo corazón. Por eso, por primera vez en mi vida, me expreso de forma clara sobre este tema y reconozco que soy de dos equipos. Del Barsa y del Dépor. No puedo contenerlo más. “Eche o que hai” que decimos en mi tierra.

Pablo Lodeiro

Coruñés y gallego, siento devoción por todo aquello que exija un esfuerzo intelectual. Cine, series, libros, historia, videojuegos, fútbol y baloncesto son las turbulentas aguas en las acostumbro a sumergirme, con el fin de hallar la verdad en este corazón de las tinieblas que es el mundo actual.

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